Diversos motivos me impidieron integrarme totalmente a la expedición de la AAV que viajó a Francia en autobús para la observación del eclipse, por ello viaje en tren para reunirme con el resto del grupo en Saint-Quentin. Mi llegada a la una de la madrugada del día 11, con una fenomenal tormenta, no pudo ser más frustrante, todo hacía presagiar los peores augurios para la observación del esperado fenómeno. Por la mañana, analicé la situación: necesitaba llegar a Paris Norte antes de las 5:30, existía alta probabilidad de atascos en las carreteras y el día estaba nublado. No merecía la pena arriesgarse a perder la conexión del tren de vuelta, por lo que tomé la decisión, muy a mi pesar, de separarme del grupo, quedándome solo en Saint-Quentin.
Al rato de partir el autocar del grupo comenzó a llover tímidamente, me rendía ante la realidad y aproveché el tiempo realizando una pequeña visita turística a la catedral, tras la cual, me dirigí al lugar de la observación. En el parque dŽIsle, en la ribera del río junto a la estación, se había organizado la gran fiesta del eclipse, a la que sólo se podía acceder en posesión de unas gafas que en caso de no tener, proporcionaban gratuitamente. Allí había varias carpas, en una de ellas habían instalado monitores en conexión con la TV francesa que transmitía un programa especial sobre el eclipse, me dije; bueno, si el tiempo sigue así por lo menos lo veo en la tele. También había tenderetes de comercios (ópticas, librerías, restaurantes, bares,...) en los que se repartían folletos explicativos del eclipse que hacían especial hincapié en la protección de los ojos.
Por megafonía daban explicaciones sobre el fenómeno e insistían en la los riesgos de la observación directa del eclipse, aquello me parecía una humorada muy francesa y totalmente desproporcionada ante el día cubierto de nubes, porque lo único y lo más importante que faltaba era la presencia del astro rey.
Por fin, hacía las 11:06 llegó el primer contacto y por arte de magia, inexplicablemente, el sol apareció. A medida que el eclipse avanzaba, las nubes se alternaban con el sol. Mi escepticismo se fue disipando y me decidí a instalar el trípode con la máquina de fotos.
Unos minutos antes de la totalidad la luz era rojiza pero diferente a la de un atardecer, al mismo tiempo desde una plataforma tocaban una música electrónica compuesta para la ocasión por un autor local. A las 12:23 comenzó el éxtasis del eclipse cuando pudimos observar las perlas de Baily y las protuberancias solares de color rojo sobre el disco lunar. Inmediatamente antes de la totalidad se presentó un punto de luz intenso o diamante. Cuando los dos astros estuvieron perfectamente alineados apareció la corona de luz alrededor del circulo lunar y la magia del eclipse hizo que las estrellas apareciesen en el firmamento. Era el momento deseado que había anhelado mucho tiempo. La alegría y la emoción me sobrecogió y se me puso por unos momentos la piel de gallina. No llegó a dos minutos, pero fueron tan intensos y de tal satisfacción que parecía que el reloj discurría más lento, a la vez disparaba frenéticamente la cámara de fotos.
Al finalizar el eclipse, la euforia era total y las dos mil personas que estaríamos allí no pudimos contener la emoción rindiendo un sonoro aplauso a la naturaleza que nos había brindado un espectáculo tan grandioso.